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El Club

Esos 40 segundos

Domingo 10 de Marzo de 2019
Las cuentas dicen que 5.000 hinchas de la Academia coparon Santa Fe para alentar al puntero del campeonato. El corazón sentencia que no hay distancia que no se justifique cuando se persigue un sueño de esta magnitud.
Esos 40 segundos
Que alguien se atreva. Que alguien se atreva a repetir por acá y por allá que esto no vale la pena. Que alguien se atreva pero que sepa que se va a encontrar con los relatos de pasión y de identidad como respuesta. Sí, los números no mienten: horas y horas de viaje, cacheos policiales por un lado y por el otro, sustos por el propio partido, sustos por experiencias anteriores, incomodidades múltiples para observar el espectáculo y una erogación de dinero no menor en el contexto de una realidad donde llegar a fin de mes es un problema para tantas y para tantos. ¿Pero y esos 40 segundos posteriores a un grito con forma de desahogo? ¿Acaso no son suficientes para compensar lo que parece imposible de compensar? Pasen y lean.

Se terminaba la historia. Se perdía y Lisandro López, capitán y emblema, se trenzaba en la otra mitad de la cancha en una pelea que quedaba lejos de la vista. ¿Derrota y expulsión? ¿Tan mal se habían hecho las cosas? Jorge Baliño decidió: amarilla y a seguir jugando. Diego, los ojos desorbitados, las manos transpiradas, miró a su novia, tan o más fanática que él, y suspiró aliviado. Había una chance más. Las agujas marcaban ya no se sabía ni cuánto. Un centro, a veces, es un atajo a la ilusión. Solari le pegó con fuerza. O esa fue la sensación desde el rincón opuesto donde 5.000 hinchas de la Academia se aferraban a cualquier artilugio mágico para imaginar que la noche no terminaría en cero. Donatti puso la cabeza, Burián alzó las manos y el travesaño devolvió la pared que nadie le había pedido que devolviera. Y Cvitanich, otra vez con el traje de héroe puesto, empató.

Durante los ratos en los que no durmió, Paula especuló sentada al lado de su papá con qué se encontraría Racing en el Brigadier Estanislao López. Travesía número mil, ambos salieron temprano desde Avellaneda en uno de los diez micros del Departamento del Hincha. Eran parte del contingente de 600 personas que dejó el Cilindro prometiendo volver con algún premio entre las manos. Paula repartió sandwichitos de jamón y queso para paliar la ansiedad, respondió con una sonrisa ante cada bocinazo que saludaba por la ruta y, una vez que puso los pies en tierra santafesina, se ubicó rápido en un rincón de la popular. Enseguida advirtió que no cabía un alma más, que había gente colgada del alambrado y que estaba en el lugar en el que quería estar. Demoró un rato –hasta el gol de Morelo de penal- en darse cuenta de que iba a sufrir mucho. Incluso creyó que se iba a ir sin pronunciar la palabra sagrada que tiene este juego. Pero estaba Cvitanich y había que aguardar.

Gustavo estaba parado cerca de la reja que separaba la platea de la tribuna. El rostro serio y los ojos levemente fruncidos delataban nervios. Su hijo menor lo escoltaba. Había hablado poco y nada desde que salieron de su casa en el barrio porteño de Floresta. Había elegido no comer las empanadas de pescado que vendían adentro de unas bolsitas de plástico en los puestos que custodiaban el terraplén. Le preocupó lo que pudiera suceder a la salida del estadio pero más lo inquietó que el equipo no encontrara el fútbol que lo había depositado en la cima de la tabla. Lamentó las imprecisiones de los mediocampistas y se preguntó en qué lógica cabía manejar mil kilómetros para atar el corazón al destino de una pelota. Encontró la explicación cuando, a nada del descuento, a nada de que el horizonte se llenara de tormentas, Cvitanich la empujó a la red. 

Juan charló menos de lo habitual. Sobre todo, en el segundo tiempo. Se la bancó envolviendo el temor en la boca del estómago. Razonó y se conformó sabiendo que igual iban a seguir dependiendo de sí mismos. Mantuvo el último hilo de esperanza porque vio a Marcelo Díaz pensar y correr, jugar y meter, como si todavía no estuviera todo perdido. Vio que hubo un cabezazo, vio que el travesaño devolvió lo que nadie le pedía que devolviera y vio que alguien vestido de celeste y blanco se llenó la boca de gol. De reojo, por si las dudas, pispeó al juez de línea por si se le ocurría levantar la bandera. “Racing de mi vida, Racing de mi vida, Racing de mi vida” fue lo primero y lo único que pudo soltar mientras se abrazaba con lo que le pasara cerca. En medio del festejo interminable, le dijeron que había sido Cvitanich.

Que alguien se atreva a decirles a Diego y a la novia de Diego que no vale la pena soñar con ser campeones. Que alguien se atreva a argumentarles a Paula y a su papá por qué no es posible que 40 segundos justifiquen una excursión de horas y horas. Que alguien se atreva a discutirles a Gustavo y a su hijo menor por qué está mal que el acto de respirar, al menos por un rato, quede atado a una camiseta. Que alguien se atreva a convencer a Juan de que Racing, su club, no puede ser una porción importante de su vida. Que alguien se atreva a todo eso pero que sepa de antemano que se va a encontrar como respuesta con el arma indestructible que vuelve hincha al hincha: la certeza de que hay amores que jamás se quiebran.
 

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