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Efemérides

Rubén Sosa, nuestro Marqués

Jueves 12 de Septiembre de 2019
Supo amalgamar en su juego una elegancia digna de su apodo junto a una contundencia solo reservada para los más grandes. Rubén Sosa fue una referencia ineludible del Racing de finales de los años 50 y principios de los 60. A once años de su partida física, el club lo recuerda con toda la admiración que el ídolo se ganó adentro de la cancha.
Rubén Sosa, nuestro Marqués
Primera verdad que está clara: la historia no empezó ayer. Segunda verdad indiscutible: la historia merece ser contada. Tercera verdad irrefutable: es fundamental conocer la historia para saber quién es uno y hacia dónde va uno. Racing, con 116 años de vida, con un pasado repleto de gloria, tuvo a lo largo de tantos años símbolos que forjaron la identidad del club, que desataron el amor de multitudes y que le entregaron la grandeza de la que todavía hoy disfruta. Por eso, como homenaje respetuoso, como saludo eterno, se los recuerda en las fechas que ya les pertenecen. A los ídolos académicos, simplemente gracias. 

Entre el sacrificio y la alegría, Rubén Sosa siempre pero siempre supo qué hacía adentro de una cancha. Ante la pregunta, él es el que contesta. ¿Quién es Rubén Sosa? “Un jugador que siempre dio todo y que fue muy feliz dentro de una cancha de fútbol”. Así se definió a sí mismo este fenómeno del juego, este goleador impecable, este cabeceador que, según cuentan los que lo vieron en la cancha, tenía una capacidad bárbara para convertir por arriba. Nacido el 14 de noviembre de 1936, creció y se volvió crack andando por los potreros del barrio porteño de Coghlan. Asiduo concurrente de El Tábano, un club de barrio al que también acudían Julio Cozzi -gran arquero de Platense- y Roberto Goyeneche -símbolo del tango argentino-, su llegada a Racing se produjo en 1958. 

No a cualquiera le sucede. Pero al Marqués, como se lo conocía por su elegancia dentro del campo, sí: llegó al club y salió campeón, acompañado de Oreste Corbatta, de Juan José Pizzuti, de Pedro Manfredini y de Raúl Belén, casi inmediatamente. Ubicado como entreala izquierdo, convirtió 11 goles en ese torneo y fue, sin lugar a dudas, una de las figuras del conjunto comandado desde el banco por José Della Torre. En 1961, con una base similar a la que se consagró tres años antes, se coronó nuevamente con la camiseta celeste y blanca y colaboró otra vez con 11 conquistas. Pero, además, fue el goleador de los torneos de 1959, de 1960 y de 1962.

Estuvo en Avellaneda hasta 1964 y, en total, disputó 151 partidos oficiales. Los registros señalan que marcó 122 tantos -contando copas y amistosos- con la casaca académica. Sus rendimientos lo depositaron con absoluta justicia en la Selección: jugó el Mundial de Chile 1962 y se coronó en la Copa América de 1959. Mudado al fútbol uruguayo, estuvo en Cerro y en Nacional de Montevideo, equipo con el que enfrentó a Racing en la final de la Copa Libertadores de 1967. Según contó en alguna ocasión, le fue muy complicado jugar contra el club en el que había alcanzado la gloria. El final de su exitosa carrera fue en Boston Beacons, de Estados Unidos, y en Flandria. 

A raíz de una dificultad de salud derivada de la diabetes, el 12 de septiembre de 2008, a los 71 años, Sosa falleció llevándose consigo su espíritu tanguero y su talento futbolístico. A once años de su partida física la institución, en un gesto de agradecimiento y de orgullo eterno, no olvida un jugador que dejó su sello por siempre grabado en los rincones del Cilindro. Un verdadero marqués del fútbol, que con sus goles y con su distinción con la pelota se ganó un lugar en las páginas reservadas solo para los grandes de la historia académica.

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