Historia

Supercampeones por siempre

Martes 18 de Junio de 2024
A 36 años de la conquista de la Supercopa Sudamericana, Gustavo Costas, Néstor Fabbri, Jorge Acuña, Ramón Medina Bello y Fabio Costas, integrantes del plantel que dirigía Alfio Basile, se reunieron en el Cilindro para recordar aquel éxito que remarcó la condición de pionero del club en sus logros futbolísticos.
Supercampeones por siempre
Los 36 años transcurridos desde entonces apenas se notan en las cabelleras, entre despobladas o cubiertas en tono gris-plata. Néstor Fabbri, Jorge Acuña, Ramón Medina Bello y Fabio Costas aparecen en el Cilindro donde aguarda un anfitrión de renombre. Es Gustavo Costas quien los recibe una vez terminada su rutina con el plantel profesional.

Más que la nostalgia, el motivo es celebrar una conquista deportiva, la de la Supercopa 1988, que tuvo valor en sí mismo más allá de la estadística. Porque no sólo ratificó el carácter pionero de Racing (primer club campeón del mundo para el fútbol argentino y primero, también, en anotar su nombre como rey en aquella nueva competencia que reunía a los campeones de América) y porque interrumpió una sequía de 21 años sin títulos. Aquel éxito, como coinciden los protagonistas, ”fue la maduración de un proceso que había comenzado a fines de 1985, cuando logramos el ascenso que devolvió a Racing a su lugar natural, el que nunca debió dejar”.

“Teníamos un muy buen plantel dirigido por el Coco Basile, que de hecho se mantuvo en el regreso a Primera y rápidamente peleó arriba. Creo que todo lo que pasamos en la previa nos fue preparando. El cambio en los torneos de AFA, con calendario incluido, no hizo estar seis meses sin jugar. Ascendimos a fin de 1985 y como ya se jugaba el Torneo de Primera como en Europa, entre dos años calendario (en ese momento estaba en desarrollo el Campeonato 1985-86), tuvimos que esperar hasta la segunda mitad de 1986 para arrancar. No había partidos, ni ingresos, ni contratos de TV. No había nada, pero había que generar plata porque si no, no cobrábamos… Entonces empezamos a salir de gira por el interior y así fue, también, como el equipo fue alquilado por Argentino de Mendoza para el Regional”, recuerda la Tota Fabbri, el zurdo que formaba con Costas una zaga de alta jerarquía.

Costas, el hermano mayor, toma la palabra tal como sucedía en aquellos días en los que también cumplía la función de organizador de las giras y recaudador… cuando el equipo recibía el cachet acordado. No siempre sucedía. “¿Se acuerdan de aquel partido en que no nos pagaron todo lo prometido?”, pregunta. Y Camote Acuña, veloz como en el ida y vuelta por la banda derecha en la formación que conducía Alfio Basile, acude en auxilio: “Claro… Fue en Pergamino. Jugamos el primer tiempo y el segundo no, porque nos habían pagado la mitad de lo acordado. Se armó un lío bárbaro ”, señala con una sonrisa.

Ese contexto, casi un folclore desprolijo que parecía añadido a Racing y en la última década se hizo ajeno por gestión y decisión de las autoridades del club, moldeó una fortaleza que se sobrepuso a todo. “No tengo dudas de que con el formato que empezó en los años 90, con el Apertura y Clausura, Racing podría haber ganado no menos de dos títulos con ese equipo. Teníamos de todo: experiencia, jugadores con mucha técnica, con coraje, potencia física, recambio... El Pato Fillol, Ludueña, Rubén Paz, Miguel Colombatti, Walter Fernández, el Mencho y Perico Pérez que ya hacían fuerza desde abajo. Si hasta nos dimos el lujo de perder al Toti Iglesias en el principio de la campaña, después de la serie con Santos”, añade Acuña en el repaso.

Los responsables del Archivo Histórico, con aporte sobresaliente, despliegan algunos de los documentos gráficos y en video que guardan como custodios de la memoria. Contemporáneos de la época analógica, ninguno desconoce el VHS y su reproductor, reliquias que atesora el Archivo. El Mencho juega al distraído y se reivindica como integrante de la generación digital. “Dejate de joder”, le marcan a coro sus compañeros. Y todos repasan las imágenes que renuevan el orgullo.

“La semi con River fue una final anticipada. Con ver los nombres alcanza para darle dimensión: Pumpido, Ruggeri, Troglio, Caniggia, Alzamendi… En 1896 ganaron todo, acá, en América y en el mundo. Dimos vuelta el resultado en la ida y en la revancha hicimos un gran primer tiempo, atacando y sin especular con el 2-1 en la ida. Ellos sacaron ventaja en el arranque del segundo tiempo y por el gol que habían hecho en el Cilindro, nos dejaban afuera. El Pato siempre fue un monstruo y aquella noche lo ratificó cuando tapó varios mano a mano. Nosotros fuimos con todo a buscar el empate y dejamos espacios. Sabíamos los riesgos que corríamos, sobre todo porque Caniggia era un avión. Pero la bancamos y llegamos al empate sobre la hora”, relata Fabbri, casi imitando el gesto técnico de su cabezazo en el arco contiguo a las tribunas cubiertas de hinchas en celeste y blanco. “Mirá la pelota que te sacó Pumpido”, le indica Costas, el hermano menor, a Acuña en la maniobra que generó el corner previo el 1-1.

Si la semi fue áspera, la serie final a doble juego no fue de terciopelo. “Cruzeiro también era muy fuerte. Se armaba con un volante central de muy buen pie, Ademir, que poco después jugó un año acá. Y adelante tenía un punta que en Avellaneda nos volvió locos. Era Careca II, tenía el mismo nombre del más famoso, que jugó con Diego en el Napoli. Este también llegó a la selección de Brasil. Arrancamos perdiendo, pero nos pusimos 1-1 ya en el primer tiempo y el 2-1 fue sobre la hora, con una jugadón de Walter (Fernández), que desbordó por la izquierda y le metió el pase atrás a Miguel (Colombatti)”, describe con exactitud Acuña. Y Gustavo Costas interrumpe: “¿Pero quién arrancó la jugada y le metió un pase de taco a Walter?”. La aprobación general se conecta con el 1-0 en Belo Horizonte en un Mineirao repleto. El pase recto de Gustavo Costa a Walter Fernández ubicado como 9 retrasado y, desde allí, la asistencia recta a Omar Catalán.

“No sé si había 100.000 personas, pero sí sé que es un estadio enorme y estaba repleto. Manejamos el partido de principio a fin y anulamos todas las virtudes que Cruzeiro había mostrado en el Cilindro. Jamás nos sentimos visitantes, ni adentro ni afuera. Fue una locura el festejo con la vuelta olímpica y el regreso en la madrugada del domingo a Ezeiza, que estaba repleto de hinchas”, rememora Camote Acuña.

Épocas de turbulencia institucional, esa dotación de calidad se extendió un año más, hasta los octavos de final de la Copa Libertadores 1889, cuando Atlético Nacional, finalmente campeón, eliminó a Racing por diferencia de gol. Lo que significó aquella Supercopa trasciende el episodio y se proyecta individualmente: Néstor Fabbri, uno de los símbolos, jugó con Argentina el Mundial de Italia 1990 y Ramón Medina Bello y Hugo Pérez, dos de la cantera en la nómina de campeones, lo hicieron en Estados Unidos 1994.

“Nos hicimos fuertes, teníamos un muy buen plantel, había una gran relación entre todos, estaba Coco Basile en el banco y nos convencimos de que podíamos apuntar a lo más alto”, resume Gustavo Costas el espíritu grupal. La platea A del Cilindro los cobija y el mensaje resuena con eco de futuro.