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Vidas Racinguistas

“Hice goles jugando para Racing”

Lunes 25 de Julio de 2016
Actor, humorista y fanático de la Academia, Emilio Disi reveló con lujo de detalles cómo se fue construyendo su pasión por el fútbol y por esta camiseta. Del teatro al Cilindro, de su papá al gol del Chango en el Centenario, una vida repleta de celeste y blanco.
“Hice goles jugando para Racing”
“Ahí, justo ahí, contra la pared. ¿Ves? Ahí me traía mi papá desde pibe”. Emilio Disi esquiva con una mueca el viento de una tarde de invierno y, desde el centro de la cancha, señala con su dedo índice un lugar al que reconoce como propio: el sector de la tribuna que se ubica debajo de la Platea A. Con la memoria a flor de piel, el reconocido actor, que participará desde el 5 de agosto de la obra “Ataque de Risa”, va y viene por el campo elogiando el estado del césped y preguntando sobre la actualidad del equipo de Facundo Sava. De golpe, se le aparece una camiseta con la 10 en la espalda, la agarra como si fuera un tesoro al que no hay que dejar escapar y cuenta una anécdota de su infancia que no precisa de registros periodísticos para ser validada. “No está en ningún lado pero, una vez, jugando para la Novena de San Lorenzo, le hice un gol a Racing en el Gasómetro, delante de 50 mil personas”, sostiene con la misma mueca que hizo estallar de risa a generaciones de argentinos.

Invitado a inaugurar el ciclo “Vidas racinguistas”, Disi repasó entonces dentro del mismísimo Cilindro una trayectoria artística cargada de éxitos pero, sobre todo, el recorrido de una pasión de la que nunca logró alejarse.

-¿Cómo te volviste hincha de Racing?
-Por mi papá, como les pasó y les sigue pasando a tantos. Mi papá, José Luis Parada, llegó a Buenos Aires desde Cuba. Había nacido en España y, cuando su padre murió, la mamá mandó a tres hermanos a Buenos Aires y a dos a La Habana. Él estuvo dos años allá y los hermanos lo trajeron para acá. Cuando bajó del barco, vio la bandera celeste y blanca y le gustó. Al poco tiempo, un amigo lo llevó a ver un partido de Racing y, como la camiseta era también celeste y blanca, se hizo hincha. Y nos transmitió la pasión a mi vieja, a todos mis hermanos y a mí. 

-Eso quiere decir que no te dio ninguna posibilidad de elegir.
-No, claro que no. La primera foto que tengo de mi vida es en el carnet de Racing. De eso hace, nada más ni nada menos, que 73 años. Mi viejo me traía a todos los partidos de local y me sentaba contra la pared que da a la platea. Veníamos tempranísimo y veíamos a la Tercera, a la Reserva y a la Primera. Era nuestra salida del domingo. 

-¿Soñaste de chico con ser jugador?
-Alguna vez, sí. Yo nací en Rincón, entre Pavón y Constitución, en pleno San Cristóbal. La calle era de empedrado y pasaba un tranvía, el 97, cada hora u hora y media. Y ahí aprendías a jugar sí o sí porque la pelota picaba para cualquier lado. Lo curioso es que aparecía un auto de policía y nos corría porque supuestamente no se podía jugar al fútbol en la calle. Yo llegué a hacer goles jugando para Racing. Iba a Villa del Parque porque mis primos eran de por ahí y se comprometían a llevarme las veces que fuera necesario. Estuve un año en la Décima División y después me fui a San Lorenzo. 

-¿Pero jugabas bien?
-Muy bien. Era habilidoso y le pegaba con las dos igual. Según Sergio Renán, que era el técnico del equipo de los actores, yo era el único que podría haber jugado en Primera. Una vez, jugamos los actores contra Boca, en la cancha de Boca, un partido a beneficio. La Bombonera estaba repleta. El puntapié inicial lo dieron Pinky y Zulma Faiad. Nosotros, sin darnos cuenta, salimos a jugar con una camiseta roja con mangas blancas, parecida a la de River. Y nos puteó todo el mundo. El técnico de Boca era Pipo Rossi y Renán le dijo que observara al siete –o sea, a mí-, que se podía llevar una sorpresa. El tema es que yo, por los nervios, hice el primer pique y me fundí. Al rato, Pipo Rossi se acercó a Renán y le gritó: “Renán, me parece que el siete está fundido”. 

-¿Y cuándo descubriste que querías ser actor?
-Más o menos a los 15. Mi hermano (Pepe Parada) ya laburaba en el teatro. Yo iba todos los días con él desde los 12, me metía en los camarines y caminaba el escenario. Para mí, el Maipo y el Teatro Nacional eran como mi segunda casa. Me gustaba eso y mi hermano me dijo que, si quería ser actor, tenía que estudiar. Y me metí cuatro años en el Conservatorio. Disfrutaba de ir porque era mi vocación. 

-¿Los actores nacen o se hacen?
-Hay un poco de cada cosa. Si no tenés la vocación, no se puede. Pero es necesario estudiar. Al talento hay que acompañarlo con esfuerzo. Actuar implica conocer muchísimas cosas: las ropas que se usaban en las distintas épocas, las costumbres de tiempos diferentes, cuestiones de psicología para adentrarse en los personajes, detalles de foniatría para manejar la respiración. Un actor egresado del conservatorio se distingue de cualquier otro. 

-¿Cómo sos como hincha?
-Soy sincero y reconozco que soy un hincha muy cagón. Cuando juega Racing, pongo la televisión hasta que arranca. Cuando el referí toca el pito, cambio de canal. Calculo el tiempo y, a los 45 minutos, lo prendo a ver cómo va. Si hay goles, los veo; y, si vamos perdiendo, no miro más. Y hago lo mismo en el segundo tiempo. Después, miro el resumen y, cuando repiten el partido, me siento tranquilo y lo miro completo. Si lo veo en directo, creo que me puede dar un infarto. Soy capaz de putear, de pararme a cabecear y de ponerme a gambetear delante de la pantalla. Ahí sí que no actúo: soy pura espontaneidad. 

-El gran ídolo de todos los chicos hoy es Milito. ¿Cuál fue el tuyo?
-Siempre cuento que, cuando yo era adolescente, salió una revista que se llamaba Sport. Y en la tapa de uno de los primeros números pusieron la foto del que era mi ídolo. El título decía: “Luis Federico Sacchi, fútbol de frac y guante blanco”. Otro gran ídolo que tuve fue Maschio y, más adelante, el Coco Basile. En cada etapa tuve un ídolo distinto. 

-¿Estuviste en la final de la Copa Intercontinental en el Centenario?
-Sí, por suerte fui. Armé el viaje con varios amigos del barrio. Pero tenía un cagazo terrible. En serio: realmente terrible. Trataba de convencerme de que íbamos a perder para sufrir menos. “¿Para qué habré venido?”, decía antes de que arrancara el partido. El gol del Chango me tranquilizó y los festejos fueron impresionantes. No me los olvido más. 

-Te tocó ser testigo de épocas en las que los clubes tenían una gran vida cultural. En Racing, por ejemplo, llegaron a tocar Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese. ¿Por qué creés que se fue perdiendo eso?
-Por desidia. Como la gente iba igual y los clubes se llenaban, nadie ofrecía las comodidades que hacían falta. No había buenas sillas, no había buenas mesas, no había buena decoración. Pasaba en Racing y pasaba en San Lorenzo y pasaba en Comunicaciones. Después, aparecieron los grandes bailes de la calle Corrientes y los clubes fueron perdiendo lugar. A mí me da mucha lástima porque creo que es una obligación pensar en más cosas que en el deporte. Sería sensacional que Racing, un lugar estratégico en el Gran Buenos Aires, ampliara cada vez más su vida cultural. Sólo hay que tener ganas y convocar a las personas correctas.

-¿Cómo fue que te terminaste dedicando al humor?
-Cuando salí del Conservatorio, trabajé siete años en el Teatro San Martín para la Comedia Nacional Argentina. No hacía humor porque, por lo general, representábamos obras dramáticas. Hasta que un día, nos tocó hacer “El discípulo del diablo” y a mí me dieron el papel del hermano tonto del discípulo ahorcado. Salí al escenario y la gente arrancó a reírse. No paraban y no me dejaban hablar. A mí me encantó escuchar eso y descubrí que el humor era lo mío. A partir de ese momento, comencé a hacer cosas con ese personaje y la gente se reía cada vez más. Y me terminaron echando del San Martín por eso. 

-Tu trayectoria profesional te transformó paulatinamente en una persona famosa. A muchos jugadores les ocurre lo mismo. ¿Cómo se hace para vivir siendo reconocido por la calle?
-Creo que hay diferencias entre los jugadores y los actores. En general, a los actores nos cuesta más volvernos famosos. Podemos serlo por un programa de televisión pero está lleno de casos de tipos que fueron famosos solamente un tiempo. Un jugador sabe que, si le hace dos goles a Boca, ya está: de la noche a la mañana, es tapa de todos los diarios. Y no hay manera de prepararse para eso. Y más complicado es para los futbolistas, que saben que su carrera tiene un techo por la edad. Pienso que las carreras cortas estimulan la elección de caminos equivocados por la necesidad de aprovechar el momento.

-¿Qué quedó en el Emilio Disi de hoy de aquel pibe que corría por el empedrado de San Cristóbal?
-Todo. O casi todo. Mi familia sigue siendo la misma. Mi hermano fue muy famoso y nunca se le subieron los humos a la cabeza. Y a mí tampoco. Tiene que ver con lo que me costó llegar a esto. Cuando vas paso a paso, todo es más fácil porque te das cuenta de que los ególatras van quedando en el camino. Y entonces aprendés. Y la pasión por Racing también se mantiene intacta. La gente me lo recuerda todos los días en la calle y Racing está muy metido en mi familia. Así se hace muy difícil que el fanatismo desaparezca.

FOTOS: Paula Zotta.

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